Bienvenidos a este su blog

sábado, 11 de abril de 2015

Las mujeres no saben de futbol

Todo el Palco con la del Puebla. Gritos, sudor, nervios. Todos al borde de la silla. Último minuto del partido.  García anota de cabeza. Ella brinca para festejar: ¡Grande Puebla, te amo, guapos!

— ¡Vamos! ¡Festejen ustedes también!
— El Puebla es el otro equipo— respondió mi amigo.

Apenada, ella se sentó.
... 

Hace no tanto, otra me invitó al Azteca, según a ver América-Tigres, en realidad jugaron Los Rayados.

—Ahora que es medio tiempo, hay que aprovechar para ir por algo de tomar— Me dijo.

El partido ya había terminado.


No tengo ni un detalle más de los partidos, de lo que si me acuerdo perfectamente bien, son los rollitos que tiraban las niñas, de su pose, sus uñas y hasta la forma en que se sentaron. Las mujeres no saben de futbol; yo, cuando hay mujeres, tampoco.

jueves, 9 de abril de 2015

Términos del Contrato


Ya habían pasado dos horas y seguía discutiendo con la abogada los términos. Bueno, más bien, los términos de los términos de un interminable papel. Nos urgía, y lejos de atender “la carnita” (como ella le decía a las cláusulas centrales) discutíamos si en el inciso f), de la fracción III, de la cláusula vigésima del Anexo G debería de decir “subarrendar” en vez de “subrentar”.

Optó por llamarle a un Doctor en Lingüística. Para esas horas el letrado estaba en un bar; no sé si le entendió (yo no); de cualquier forma —no convencido—  terminé cediendo.


Camino a casa, mi madre me mandó un WhastApp con una foto de cuando tenía siete. Tan rápido pasa la vida y yo aquí dejándola pasar por una cláusula de un contrato.

jueves, 5 de marzo de 2015

Golpe a golpe


—Pero tú das más— le dije.

—Ya lo sé— contestó.

Luego, sin pena, mi colaboradora, confesó trabajar bajo la Ley del Mínimo Esfuerzo. Quedé confundido.

Llevaba toda la semana saliendo de la oficina a las dos de la mañana, me encerraba en el edificio y tecleaba, leía, borraba, cancelaba a mis amigos, faltaba al partido, volvía escribir. Con ojeras llegaba a la casa y antes de dormir, pensaba tres minutos en alguna mujer y luego unos noventa en cuál sería la próxima línea del proyecto laboral que redactaba. ¿Y si lo vuelvo a empezar todo?  

Cuando estaba a punto de dormir, jalaba mi iPhone para googlear algún concepto difuso y rectificar que la palabra escrita haya sido la correcta y que la coma, quede bien …aunque tal vez el punto y coma le daría una mayor pausa y por ende una mayor comprensión… pero si la pausa se alarga, puedo entonces perder el hilo que teje mis ideas, mis palabras, cada uno de los golpes sobre las teclas de mi lap top. Golpe a golpe y con ojeras, sacrificando el sueño por el Sueño, terminaba por caer rendido sobre mi cama.

Creo que jamás les había contado, pero uno de mis hobbies es el box. Mi amigo boxeaba contra el número uno de Colombia y tenía que ir a verlo a tres horas de distancia (que se vuelven cinco minutos si se trata de una verdadera amistad).

Antes de la pelea hablé con él. Le dije que no desaproveche su jab, que en un descuido conecte con el upper, golpe a golpe, le dije. Le hablé del profesionalismo, de la lucha, del esfuerzo, de su familia, le hablé incluso de Dios. Salió animado, pedí al del audio que en su camino al ring ponga la de México Lindo. Animados, él y el público, comenzó la pelea.

Empezó el primer round, golpe a golpe: no conectaba ninguno, los pasos laterales del campeón lo evadían. Torero y toro. Se esforzaba, se veía lento. El  extranjero —sin tirar—sólo se movía para contemplar ese “golpe a golpe”. Era una especie de espectador escurridizo arriba del ring. Terminó el primer round, en la esquina le vaciaban a mi amigo agua para quitarle el sudor, un sudor por cierto, en una noche fría.

Frío (también de personalidad) el colombiano, empezó el segundo. Lo miró, en un descuido, conectó tres ganchos al hígado. Solo tres: contundentes. Detuvieron la pelea. Total knock out, sin el “golpe a golpe”; sólo fueron tres.

Mientras desilusionado veía la pelea, me marcaron. Contesté, eran de la oficina central de Monterrey, me pedían que borre TODO porque «sería “reiterativo, riesgoso, posiblemente contradictorio” enviar el proyecto también desde Puebla». Así, tres golpes; sólo tres: contundentes; sólo fueron tres.


Ahora, aprovecho este mismo Word (del que borré el proyecto) para escribir este texto, y así —al menos— reciclar este documento. 

Reflexionaré seriamente aquello del “mínimo esfuerzo”.

lunes, 19 de enero de 2015

Las mujeres no saben de coches

Ya noche, luego de clases, pasaba por ella. Solo me estiraba un poco para abrirle la puerta desde mi asiento (ya no me bajaba como antes, por dos cosas: en primera, causaba tráfico y en segunda, porque no era antes).

Luego, ella se subía y cansados íbamos hasta su casa. Normalmente pocas o nada de palabras. A veces, incluso, se dormía.  Se bajaba… y así monotonía todos los días.

Pasé por ella, me estiré y le abrí la puerta… a las cinco calles empezó a sonar mi iphone, me marcaban desde su número. ¡Carajo, olvidó su celular! Contesté y… era ella. Me puse pálido y miré al lado… había otra mujer dormida. Idéntica silueta, noche obscura.

Al teléfono reclamaba.

  Siempre te demoras demasiado.

Sin explicaciones y por instinto, colgué, desperté a la pasajera. Gritó, grité, reclamó, reclamé,  explicó, expliqué, se confundió.

      —¡Las mujeres no saben de coches! —le dije —
      —¡Los hombres, de amor! —contestó —

Reímos ambos. Bajó. Tímida se fue.


Regresé por la de siempre. Esta vez el camino no fue tan callado.

jueves, 10 de octubre de 2013

Luis Castro

Luego de toda una vida en un pueblo de España, se aventuró a cruzar el Atlántico.

Desembarcó en Veracruz. Entró al primer café. Le pareció ver un rostro familiar.
   ¿De casualidad es usted Luis Castro?
   No.

El forastero se marchó.
   Luis, ¿pero por qué le has negado ser Luis Castro?— preguntaron sus amigos.

   No he negado ser Luis Castro. He negado serlo “de casualidad”.

lunes, 15 de julio de 2013

Las mujeres y la miel



Aquí desde el avión, luego de regresar de la Universidad de Notre Dame, he decidido aprovechar el tiempo y compartir un poco de lo aprendido. No, no les hablaré de lo que me han enseñado los profesores en las aulas, eso ya está en los libros; les explicaré lo aprendido por otro tipo de maestros: mis amigos.

Camino a clase, el colombiano dijo: Ellas y la miel funcionan diferente.

La primera cita, -digamos un lunes- resulta increíble. Se la pasan divino, la miel se  derrama sobre las hojuelas.  El martes quedas con ella (en el Starbucks), no paran de reír, se platican, se miran, ¡mariposas!, se acomoda el pelo, ríen otra vez; te gusta aún más. Todo es tan… ridículo…pero aún así: perfecto.


Llamas el miércoles: no contesta. Piensas que su teléfono se ha perdido, entonces le escribes un inbox: tampoco contesta. Debe ser… que le han robado toda la mochila; entonces llamas a su casa. Tampoco contesta…  “está en exámenes”, piensas… al otro día insistes, vuelves a llamarla, escribirle, mensajearla,  escribirle a su amiga… pero todo, absolutamente todo es en vano. Continuas, no te rindes, pasan jueves, viernes, febrero, marzo, abril y toda la vida… y entonces te das cuenta que ese martes 13 se rompió el plato con la miel y las hojuelas. De eso: Nada queda.

¿Pero qué fue lo que pasó? No se sabe, las mujeres y la miel funcionan de manera diferente al resto de la naturaleza. Pero él, mi maestro, ha explicado una solución que no está en los libros.

Sales con ella el lunes y luego de esa cita perfecta, de ese intercambio ridículo de sonrisas y de esa sensación de mariposas... luego de eso, después de eso…. LA IGNORAS. Te dedicas a la tarea, la cerveza, el futbol, los tacos y todo, absolutamente todo lo que quieras excepto la niña. Si la llamas, muerdes la manzana y te quedas sin paraíso.

Pasarán dos semanas, luego viene el momento más complicado: planear la casualidad, agendar el azar, programar la coincidencia. Y entonces “te la encuentras”, entonces otra vez juegan a eso de las sonrisas, el intercambio de miradas, el chiste absurdo del que los dos se ríen… quedas en llamarle… pero otra vez: no lo haces… Ella se empezará a comer las uñas, le has dejado un vacío que la jala. Cuando ella vaya en su tercer par de uñas (y haya confesado su frustración a la señorita de la estética)… en ese entonces… la llamas –un lunes- como sin nada… y entonces ahora sí “algo” pasa que ella siempre contestará y echará miel a los hojuelas, lunes, martes, miércoles y forever.