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miércoles, 15 de abril de 2015

Cosas de Candy Crush



Fercita no estaba tan orgullosa de que su mamá había pasado de nivel en Candy Crush.
—¡Doscientos cuarenta y cuatro!
—!Ma! 
—Ay hija, ¡ya! algún día tu también serás ama de casa.


Llegó el marido tras una extensa jornada laboral.
—Estoy aquí deseándote y tu no has dejado el celular, creo que me quiero divorciar.
—Carajo Santiago, volví a perder, si me hablas: distraes.


La señora llegó al Juicio Final.
—Es voluntad de Dios escuchar aquello que has hecho en la vida terrenal— dijo San Pedro.
—Nivel doscientos cuarenta y cuatro.
—Diríjase de inmediato al averno por la puerta de atrás.


Señoras: ya no jueguen tanto Candy Crush, sino luego…

sábado, 11 de abril de 2015

Las mujeres no saben de futbol

Todo el Palco con la del Puebla. Gritos, sudor, nervios. Todos al borde de la silla. Último minuto del partido.  García anota de cabeza. Ella brinca para festejar: ¡Grande Puebla, te amo, guapos!

— ¡Vamos! ¡Festejen ustedes también!
— El Puebla es el otro equipo— respondió mi amigo.

Apenada, ella se sentó.
... 

Hace no tanto, otra me invitó al Azteca, según a ver América-Tigres, en realidad jugaron Los Rayados.

—Ahora que es medio tiempo, hay que aprovechar para ir por algo de tomar— Me dijo.

El partido ya había terminado.


No tengo ni un detalle más de los partidos, de lo que si me acuerdo perfectamente bien, son los rollitos que tiraban las niñas, de su pose, sus uñas y hasta la forma en que se sentaron. Las mujeres no saben de futbol; yo, cuando hay mujeres, tampoco.

jueves, 9 de abril de 2015

Términos del Contrato


Ya habían pasado dos horas y seguía discutiendo con la abogada los términos. Bueno, más bien, los términos de los términos de un interminable papel. Nos urgía, y lejos de atender “la carnita” (como ella le decía a las cláusulas centrales) discutíamos si en el inciso f), de la fracción III, de la cláusula vigésima del Anexo G debería de decir “subarrendar” en vez de “subrentar”.

Optó por llamarle a un Doctor en Lingüística. Para esas horas el letrado estaba en un bar; no sé si le entendió (yo no); de cualquier forma —no convencido—  terminé cediendo.


Camino a casa, mi madre me mandó un WhastApp con una foto de cuando tenía siete. Tan rápido pasa la vida y yo aquí dejándola pasar por una cláusula de un contrato.

jueves, 5 de marzo de 2015

Golpe a golpe


—Pero tú das más— le dije.

—Ya lo sé— contestó.

Luego, sin pena, mi colaboradora, confesó trabajar bajo la Ley del Mínimo Esfuerzo. Quedé confundido.

Llevaba toda la semana saliendo de la oficina a las dos de la mañana, me encerraba en el edificio y tecleaba, leía, borraba, cancelaba a mis amigos, faltaba al partido, volvía escribir. Con ojeras llegaba a la casa y antes de dormir, pensaba tres minutos en alguna mujer y luego unos noventa en cuál sería la próxima línea del proyecto laboral que redactaba. ¿Y si lo vuelvo a empezar todo?  

Cuando estaba a punto de dormir, jalaba mi iPhone para googlear algún concepto difuso y rectificar que la palabra escrita haya sido la correcta y que la coma, quede bien …aunque tal vez el punto y coma le daría una mayor pausa y por ende una mayor comprensión… pero si la pausa se alarga, puedo entonces perder el hilo que teje mis ideas, mis palabras, cada uno de los golpes sobre las teclas de mi lap top. Golpe a golpe y con ojeras, sacrificando el sueño por el Sueño, terminaba por caer rendido sobre mi cama.

Creo que jamás les había contado, pero uno de mis hobbies es el box. Mi amigo boxeaba contra el número uno de Colombia y tenía que ir a verlo a tres horas de distancia (que se vuelven cinco minutos si se trata de una verdadera amistad).

Antes de la pelea hablé con él. Le dije que no desaproveche su jab, que en un descuido conecte con el upper, golpe a golpe, le dije. Le hablé del profesionalismo, de la lucha, del esfuerzo, de su familia, le hablé incluso de Dios. Salió animado, pedí al del audio que en su camino al ring ponga la de México Lindo. Animados, él y el público, comenzó la pelea.

Empezó el primer round, golpe a golpe: no conectaba ninguno, los pasos laterales del campeón lo evadían. Torero y toro. Se esforzaba, se veía lento. El  extranjero —sin tirar—sólo se movía para contemplar ese “golpe a golpe”. Era una especie de espectador escurridizo arriba del ring. Terminó el primer round, en la esquina le vaciaban a mi amigo agua para quitarle el sudor, un sudor por cierto, en una noche fría.

Frío (también de personalidad) el colombiano, empezó el segundo. Lo miró, en un descuido, conectó tres ganchos al hígado. Solo tres: contundentes. Detuvieron la pelea. Total knock out, sin el “golpe a golpe”; sólo fueron tres.

Mientras desilusionado veía la pelea, me marcaron. Contesté, eran de la oficina central de Monterrey, me pedían que borre TODO porque «sería “reiterativo, riesgoso, posiblemente contradictorio” enviar el proyecto también desde Puebla». Así, tres golpes; sólo tres: contundentes; sólo fueron tres.


Ahora, aprovecho este mismo Word (del que borré el proyecto) para escribir este texto, y así —al menos— reciclar este documento. 

Reflexionaré seriamente aquello del “mínimo esfuerzo”.

lunes, 19 de enero de 2015

Las mujeres no saben de coches

Ya noche, luego de clases, pasaba por ella. Solo me estiraba un poco para abrirle la puerta desde mi asiento (ya no me bajaba como antes, por dos cosas: en primera, causaba tráfico y en segunda, porque no era antes).

Luego, ella se subía y cansados íbamos hasta su casa. Normalmente pocas o nada de palabras. A veces, incluso, se dormía.  Se bajaba… y así monotonía todos los días.

Pasé por ella, me estiré y le abrí la puerta… a las cinco calles empezó a sonar mi iphone, me marcaban desde su número. ¡Carajo, olvidó su celular! Contesté y… era ella. Me puse pálido y miré al lado… había otra mujer dormida. Idéntica silueta, noche obscura.

Al teléfono reclamaba.

  Siempre te demoras demasiado.

Sin explicaciones y por instinto, colgué, desperté a la pasajera. Gritó, grité, reclamó, reclamé,  explicó, expliqué, se confundió.

      —¡Las mujeres no saben de coches! —le dije —
      —¡Los hombres, de amor! —contestó —

Reímos ambos. Bajó. Tímida se fue.


Regresé por la de siempre. Esta vez el camino no fue tan callado.