Se quejaban de la temperatura de mi alberca. Trataba de ser buen
anfitrión, ajustaba la temperatura. La última vez 5 personas dijeron que estaba
muy fría, las otras 5 dijeron que estaba demasiado caliente. Uno nunca puede
complacer a todos. Hay que poner la temperatura de la vida a como nos gusta a
nosotros mismos.
viernes, 28 de septiembre de 2018
lunes, 10 de septiembre de 2018
Técnicas para alcanzar
Al principio, Macondo era una aldea de veinte casas de
barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas. El mundo
era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas
había que señalarlas con el dedo.

Para evitar discusiones la cargué estirándome lo más que pude, ella sin
levantar la vista estiró los brazos para arrancar la flor. Nos faltaron por lo
menos unos ocho metros.
Bajé a la niña y le pregunté si la había alcanzado. Me dijo que sí, no con
los brazos, con la cabeza. Se reacomodó el pelo luego de sentir que la flor la
había despeinado.
Ese día aprendí que muchas de las cosas, no se alcanzan con el cuerpo, se
alcanzan con la cabeza.
miércoles, 23 de mayo de 2018
No es culpa de uno sino del hilo
Se llama «arteria ulnar», esa que va desde el corazón hasta el dedo meñique.
Creo que es japonesa la leyenda; dice
que desde el nacimiento, estamos atados del meñique a la
persona que amaremos por siempre. El hilo rojo, siempre se puede estirar o contraer pero
nunca romperse.
Creo que es japonesa la leyenda; dice
que desde el nacimiento, estamos atados del meñique a la
persona que amaremos por siempre. El hilo rojo, siempre se puede estirar o contraer pero
nunca romperse.
El problema —creo yo— es que el hilo
es invisible y con tanto tráfico, barullo y ajetreo, uno al caminar por doquier
va enredando el hilo con esas niñas que se van cruzando en el camino.
Entre
tanto enredo, confusión y enjambre, uno se va equivocando de labio en labio. La
clave es descubrir cuándo uno se ha equivocado. Buscando soluciones, me acordé que hace años transcribí un texto
ajeno:
“Mira muchacho -me dijo-, la vida de un
hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fíjate que digo una
mujer y no cualquier mujer. Y por una mujer,
muchacho, me estoy refiriendo a “una de única”. El problema está en que el
hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró (si es que
encuentra alguna), es esa una mujer que
estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para
saber si la mujer que uno encontró es la una mujer que
estaba uno buscando..."
El viejo carraspeó y me
confió: "Si tu le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en
lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que
recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la una
mujer que andabas buscando...”
lunes, 4 de diciembre de 2017
Descanse en paz, hombre revolucionario
Yo lo conocí... usaba el bigote en cuadro abultado, su paño al cuello enredado [...] chamarra de cuero, traía arriscao el sombrero. Sus pies campesinos usaban huaraches y a veces a raíz andaba y aunque pisaba sobre los huizaches sus plantas no se espinaban [...] Era alto, bien dado, muy ancho de espadas su rostro mal encachado, su negra mirada un aire le daba al buitre de la montaña [...]
La noche que lo asesinaron [...] con todo y caballo cayó con la balacera; la cara de ese hombre revolucionario quedó besando la tierra.
domingo, 19 de febrero de 2017
Sin cadenas al pasado, una conversación con el pelo de Ana
Lincoln anunció que los esclavos serían liberados, cien años más tarde Luther King Jr. decía que aún no lo estaban.
Íbamos livianos de equipaje, olvidé llevarme Gatorades y
cervezas a la playa.
A mi lado estaba Ana, una mujer libre en pleno S. XXI. Años atrás escapó.
Tiró por la ventana: Manual de Carreño, título profesional, fotos, flores
disecadas, un vestido prestado, un pagaré que jamás sería cobrado, un frasco
con lágrimas y un fajo de papeles codiciados por cierto tipo de esclavos.
Total, ella llegó a vivir a la playa.
Yo miraba su pelo, éste al son del viento me contaba que la libertad se da
como sin querer, es práctica y siempre se delata. Ese pelo me explicaba, así
con hechos, que la libertad no se define con palabras, con anuncios de Lincoln
y mucho menos con discursos plasmados en fotos como las que Ana tiraba.
Tras mi capilar conversación, ella meditaba ahí, callada, tendida en la
arena de la playa …una arena que cuando la pisaba, se convertía en huellas que ignoraba, lo
que no ignoraba, era dar libremente el siguiente paso en la dirección que
deseaba y encaminaba para amanecer ahí donde le llevase el viento de la
libertad que con su pelo retozaba. Seguro que cuando ella besa lo hace
sin prejuicios y sin reflexiones, besa —creo yo—más bien con la libertad del
momento y de la playa.
Ese día conocí a una persona libre, de esas que hoy ya no hay, o al menos, son muy escasas.
Al ingresar a una celda, no Lincoln sino otro ex presidente, recobró su libertad, alivianó su equipaje. En este
video les explica…
Quien sonríe no sale en la foto. Crónica de un certamen de belleza
Que espontáneamente el sol destella ante tus ojos y todo se vuelve
invisible. ¿Te ha pasado? ¿José, te ha pasado?
Ninguna de las 22 brillaban. Ni siquiera en la
fase de traje de baño, ya ni se diga de vestido de noche. Aún así, el público
animoso aplaudía sin darse cuenta de la total desorganización del evento,
porque más allá del maquillaje de las 22, la conductora maquillaba con sonrisas
el desorden y todo parecía tan normal, tan estable …confieso que ni los nombres
de las participantes aparecían en la lista qué, de haber existido, hubiera
servido perfectamente para anunciar las salidas a la peligrosa pasarela.
— Con ustedes María Isabel.
Y Mariana (que no María Isabel) titubeo en sus
tacones ante 1600 ojos que la intimidaban reflejando una luz que ni siquiera
era de ellos. El vestido larguísimo, la
ceguera y los tacones hacían eternos los veintitantos metros de la pasarela.




Mejor despacio que no llegar, pensaba. Pero Mariana:
no lucía, no brillaba. Con los nervios, la sonrisa no es la misma, con la
tensión el alma se encoje y los ojos…
nunca brillan. Pero había luz, mucha luz.
Y así como al grito de ¡Tierra! cuando Rodrigo
de Triana descubrió el nuevo continente. Un espectador delató la fuente de luz:
— Es la conductora.
Y tras segundos de murmullos y liberación de
feromonas se dejó caer el clamor popular, fino, corriente y vulgar: “está más
buena la conductora”, “conductora represéntanos” y luego; como por acuerdo
coreaban: ¡corona a la conductora, corona a la conductora!
Entre una espada de alabanzas y una pared de
elogios, la conductora anunció el nombre de la «ante los jueces ganadora». Y
como ante el pitazo del árbitro en pleno Clásico sonó el abucheo. Y aclaro, el del
jurado y el de la pobre “ganadora”. Los aplausos los concentraba la
presentadora.
Las 22 caminantes solicitaron en la foto
oficial del certamen, la «no presencia de la conductora». Quien sonríe, no sale
en la foto.
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